Como nada sucede sin que ocurra lo contrario, a mi amigo Luis lo dejaron las dos mujeres. La primera su ex mujer, que en vez de dejarlo con un corte de mangas y un te ahí te mueras, prefirió darle una segunda oportunidad con la única intención de aventurarle un futuro cantado por todos los boleros. Te perdono los cuernos, tampoco es para tanto, podemos volver a empezar, no tiremos todos estos años por la borda, te arrepentirás. Pero mi amigo Luis tenía la aventura puesta muy lejos de su cama conyugal y no se acogió ni primero a los consejos ni después a los ruegos y sin querer se vio abocado en una suma de circunstancias que lo llevó a la misma situación que él le negaba a su ex mujer, o sea, acabó rogando y de rodillas pidiendo a la amiga a la que se había enganchado que dejase a su novio y que se fueran los dos a vivir al lugar del amor. Porque con lo que no contó, el ingenuo de mi amigo Luis, fue con la inteligencia natural del novio de su amiga, aquel amigo que un día mi amigo Luis conoció en la facultad y con el cual compartió apuntes, borracheras y después amores, y el cual, lejos de buscar una confrontación directa con mi amigo Luis, lo llamó por teléfono para decirle que iba a pelear y que su única intención sería hacerle daño en donde más le podía doler, y esperando mi amigo Luis una patada en sus partes, por otra parte muy tocadas por el uso excesivo, decidió no forzar la situación y agurdar la resolución del conflicto por la vía física, pero su antiguo amigo se agarró a los recuerdos pasados con la amiga a la que se había enganchado mi amigo Luis, y desempolvó del desván de la memoria, todas y cada una de los recuerdos que habían forjado la relación con su novia de siempre. Y ahí venció.
Y aquí llegamos: al punto en donde uno se encuentra en la encrucijada de la vida. ¿Qué hacer? ¿Tirar hacia delante allá donde nos impulse la pasión más descontrolada, o dejarse vencer por la confortable sensación que provoca el regocijo del alma a través del calor que da el corazón?
Mi amigo Luis se dejó vencer por los primeros impulsos y lo dejó todo como prueba hacia su nuevo amor, nadie podría resistirse a una tentación de semejante magnitud, la amiga a la que se había enganchado y que tantas horas de conversación vitalista habían consumido pre y post orgásmica, vería en esa decisión todo el amor puesto en ciernes de un futuro esperanzador en donde se pudiese mezclar el amor de adulto, la pasión del descontrol, la locura de los impulsos y el deseo ardiente que todo ser vivo debe vivir, y que ellos, seres elegidos, lo habían llevado al reino de los cielos. Y mi amigo Luis se tiró un órdago a todo, incluida a la chica, o sea, perdió el mus. Y perdió porque simplemente no esperaba que la respuesta a su apuesta fuera simplemente una duda, un dame más tiempo, un necesito pensar, un ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio, contigo porque me matas, sin ti porque yo me muero, un tengo un lío monumental, un te quiero pero... y ese pero lo rompió.
Y justo fue en esa etapa, en la etapa del pero, cuando mi amigo Luis cayó en mis brazos, en mis orejas y en mis letras. Me agarró una noche con los ojos llenos de lágrimas, con la cabeza llena de preguntas y con el corazón roto por su ingenuidad. Pero en vez de caerse a un balbuceo impropio de su edad, se me mostró tajantemente convencido de lo hizo, de lo que se debe hacer, de lo que hay que hacer, y no dudó en repetirme que de presentarse mil veces ese amor en su vida, mil veces lo volvería a hacer. Me sentí el centro del mundo, el único ser viviente que podía gozar, el provocador de sensaciones, el tonto de los cojones. Aquí le salió un pareado. No me reí, pero me pareció una situación divertida. Semanas después se lo comenté y tampoco se río y entonces pensé que hice bien en no reírme cuando se lo escuché. Cosas de mi sentido del humor, que es un poco absurdo, pero no estaba hablando de mí, y sí de mi amigo Luis.
Su mujer, me comentó mi amigo Luis, se había convertido en una calculadora que amparándose en la deslealtad pasada de su ya ex marido, le mandaba contestaciones a su cuenta bancaria en forma de números enteros, quebrados y hasta infinitesimales. Su amante había decidido que los polvos sosegados a la vera de una hoguera le reconfortaban con un pasado que le pesaba más que un futuro ilusionante. Su perro se había muerto intoxicado por unas judías en mal estado, y saber que casi me las como yo porque no me apetecía hacer cena aquella noche, me confesó, y enseguida me di cuenta de que mi amigo Luis había adelgazado unos cuantos kilos, kilos que por otra parte hay que resaltar que le sobraban en abundancia. Sus hijos le seguían llamando papá, es el único consuelo que me queda, aunque los muy cabrones enseguida aprendieron a vivir con el chantaje emocional que da la guerra entre sus padres y se manejan más que bien entre las dos casas. Sus amigos se habían decantado por su mujer y en su trabajo le habían amonestado por desidia patológica con tendencia al moco caído. Esta claro que no estaba viviendo sus mejores momentos. No la llames más, déjala en paz, si quiere volverá y si no, es que no te convenía. Fue lo único que se me ocurrió decirle porque yo en lo tocante a palabras habladas soy muy poco convincente y las escritas se me ocurren siempre a toro pasado, o sea, que como amigo esclarecedor de situaciones soy un puto desastre, pero mi amigo Luis me hizo caso y no la llamó, vendrá ella, me dijo, vendrá a mí, no lo dudes.
Pero yo lo dudé, lo dudé y me equivoqué. La amiga de la cual mi amigo Luis estaba tontamente enganchado, uy, quería decir totalmente enganchado, lo llamó una noche a las dos de la mañana, con lágrimas en la boca para decirle simplemente, te echo de menos. Y ya se volvió a armar.
Pero eso me da para otro capítulo, el de mañana, si el tiempo me deja.