Me gustó desde el instante previo a verla por primera vez. Son esas cosas que ocurren una vez en la vida aunque después nadie te cree cuando las cuentas. Era flaca, era muy flaca y en su casa, en vez de televisión, tenía una pecera llena de pececitos de colores. Dan más compañía, me dijo. Estoy comiendo con mi amigo Fernando. El restaurante se llama La pecera y huelga decir que en su interior hay una pecera muy grande. Eso se llama originalidad. Me viene la imagen de la flaca con su bolso en bandolera mientras mi amigo Fernando me empieza a contar la historia de un amigo suyo que la semana pasada murió con menos de 38 años, y lo mejor que le pudo pasar, me dice, fue que la palmara en menos de un mes desde el momento en que le descubrieron el puto tumor cerebral porque su vida era un puto desastre. Eso me lo dijo antes de que nos pusieran el pincho de tortilla, después el pidió jurelitos fritos y yo bacalaos rebozaos. Mi madre solía ponerme bacalaos rebozaos para cenar y yo los comía a pares y con un chorrito de limón mientras ella siempre decía: te conozco bacalao aunque vengas “rebozao”. La chica que nos atendió no entendió mi broma y creo que Fernando tampoco. Tengo un primo que no tiene pecera pero desde hace varios años luce una tremenda espinilla en un lateral de la nariz. No soy capaz de hablar con él sin que me entren unas ganas enormes de apretar la espinilla con todas mis fuerzas. Muchas veces me tengo preguntado como él no se la ve en ningún espejo, como no se la intenta quitar, como no se la aprieta hasta la extenuación. Seguro que si se la quita adelgazaría medio kilo. Yo me quito espinillas y todo tipo de granos en el espejo del ascensor de mi casa, al fin y al cabo si ponen un espejo en un lugar tan cerrado será para que te puedas acicalar un poco los días que llevas prisa, así que, yo considero hasta cierto punto normal quitarme las espinillas en el ascensor. También tengo un amigo, un conocido más bien, que le nacen tres pelos, ni uno más ni uno menos, en la punta de la nariz, y no estoy hablando de unos pequeños pelos, no, yo hablo de unos señores pelos negros, exactamente tres pelos largos y negros, muy negros. Este conocido, ya digo que no es un amigo, es un tipo de buena planta, tez morena, ojos negros, barba recortada y siempre viste con una americana de pana negra, pero su característica más importante, se mire por donde se mire, son esos tres pelos negros en la punta de la nariz que estorban cualquier mirada por muy miope que esta sea como es mi caso. Yo no sé hasta que punto es educado decirle a mi primo y a éste conocido, que deberían quitarse la espinilla y esos tres pelos, y en estos momentos me vienen a la memoria la espinilla de mi primo y los pelos de este conocido porque mientras me estoy comiendo estos bacalaos rebozaos, mi amigo Fernando luce un trozo de pimiento rojo en el incisivo superior, y como además él es de los que ríe mucho, no hace otra cosa que mostrarme el puto trozo de pimiento rojo una y otra vez, y yo a estas horas ya no sé para donde mirar. Sigue contando Fernando la historia de su amigo, y me cuenta como un año antes su mujer le había dicho que su segundo hijo no era suyo sino del jefe de ella, y aunque a mí en esos momentos me estaba poniendo nervioso el trozo de pimiento rojo en los incisivos de mi amigo Fernando, reconozco que me interesó la historia por el morbo en cuestión. Está claro que hay historias que por muchos pimientos rojos que se te peguen en la retina no puedes olvidar, como tampoco me puedo olvidar de la imagen de la flaca esperándome en la puerta de una catedral a las dos de la mañana con un porro en la mano y una mirada perdida en la noche. Aquel día no me atreví a besarla y por ello paseamos por una ciudad con muralla mientras un coche de la policía nos vigilaba de cerca. Por ese no beso que no di a esa chica que me gustó mucho antes de que la conociera, pasó de no ser nada a ser una amiga a la que le cuento cosas. Esa misma noche mientas me contaba lo de su pecera, yo no me atreví a decirle que me gustaba mucho. Tampoco ella me dijo nada. Quizás fue mejor así. Ahora Fernando se pone a hablar por teléfono y con su lengua repasa los incisivos superiores. Parece ser que algo ha encontrado pero no es capaz de sacarlo, así que ni corto ni perezoso mete la uña del dedo meñique de la mano izquierda (con la derecha sujeta el móvil) y desprende sin dificultad el trocito de pimiento rojo.
Yo ya no quieron ni mirar para él en estos momentos tan personales, así que me levanto y me voy a mirar los peces de la pecera antes de preguntarme a donde pudo ir a parar ese trocito de pimiento rojo en cuestión, pero al llegar a la pecera me encuentro que está llena de peces tan rojos como el pimiento rojo pegado en los dientes de mi amigo Fernando. También hay un cofre de tesoro por donde asoman unas monedas de oro, un buceador con su escafandra y todo y una turbidez de agua que me devuelve mi propia imagen pensando si la flaca estará viendo los mismos peces rojos que ahora estoy viendo yo.
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