Estos días, la verdad, estuve pensando en actualizar mi blog. Pero tal vez el exceso de trabajo, la falta de inspiración e incluso una pizca de abatimiento, han impedido que me pusiera manos a la obra, y pudiera escribir algo decente. Será el sol, el levantarme a las 6.30 am, o haberme regalado un desayuno de reyes, lo que ha hecho que martillee en este momento las teclas de mi portátil.
Saltando de una web en otra, entre periódicos digitales, blogs, y otras webs, recaí en el fotolog de un amigo, al que tengo mucho aprecio. Había colgado una viñeta de Mafalda, en la que la pobre niña filosófica, siempre tan certera, se pregunta mientras sostiene una tirita: “Bueno, ¿y cómo hace uno para pegarse esto en el alma?“. Me encanta la inquisición, sencilla, pero complicadísima de responder, de Mafalda.
Sea alma para los creyentes, estado de ánimo para agnósticos y ateos, lo cierto es que el hombre se ha obsesionado tanto con la búsqueda de la felicidad, que apenas tiene tiempo para sencillamente vivir. El consumo de ansiolíticos y antidepresivos ha aumentado vertiginosamente en los últimos tiempos. Es dramático para los especialistas de la salud, observar, día a día, la marea de personas que precisan del prozac, tranxilium, o el trankimazin para crear un falso estado de ánimo, una alegría farmacológica, lejos de la realidad en la que crecen.
Cierto es, que en determinadas patologías, la asistencia farmacológica del paciente es más que necesaria, una ayuda a la terapia psicológica. Es una herramienta de la terapia, pero desde luego no la terapia en sí. Sin embargo, apostaría, que en la mayor de los pacientes a los que se les receta ansiolíticos, no se observa ningún cuadro depresivo y/o ansioso realmente patológico. Es tan sólo esa tirita de la que habla Mafalda. Una tirita que tapa la herida en el alma, pero no la cura. Sólo la oculta. La herida nunca seca, y se empapa de su propio suero, se retroalimenta gracias al apósito asfixiante. El resultado final, desastroso, desemboca en un altísimo porcentaje en una dependencia farmacológica, que presenta un cuadro más preocupante que la supuesta patología que se pretendía curar.
Me encanta el título de un libro de Lou Marinoff, “Pregúntale a Platon: más Platon y menos Prozac“. No he leído el libro, pero pretendo incidir solamente en lo apropiado del título. Las personas no se plantean preguntas como Mafalda, que duda de la posibilidad de que esa tirita le cure el alma. No escudriñan en su interior, no son capaces de mostrar su fortaleza ante las dificultades. Resulta aún más lamentable la facilidad con que los médicos recetan psicotrópos con la mano ligera, farmacéuticos que los venden sin receta, o enfermeras que aconsejan su consumo para dormir o sencillamente, para estar más alegres. Obviamente son una minoría, pero una incómoda minoría. Los profesionales de la salud, nosotros primero, deberíamos alarmarnos ante el empleo incorrecto de los fármacos por parte de nuestros pacientes, y alertarles sobre los posibles efectos secundarios (que no son pocos). Además, sería procedente la constitución de una unidad psiquiátrica pública en atención primaria para que los pacientes pudieran disfrutar de un buen servicio y apoyo psiquiátrico sin la necesidad de recurrir a la terapia farmacológica.
Para finalizar, decir que todos pasamos por buenos y malos momentos. Que el alma, el estado de ánimo, o como queramos llamarlo, es maleable según los acontecimientos a los que debamos enfrentarnos en nuestra vida. No es lo mismo perder tu trabajo que tu mujer en un accidente de tráfico; y por ser diferente, nuestra actitud frente a ello también lo será. En consecuencia, sería bueno atender al paciente en función de su grado de necesidad, a través de la atención psicológica, determinándose finalmente si se requiere de terapia farmacológica o no.
Todos somos diferentes. Mi consejo es que ante las dificultades, busquemos el apoyo de nuestros allegados, sean familiares o amigos, y que juntos, se afronten los problemas sin temor. Recordemos que hoy es el primer día del resto de nuestra vida. Tenemos mucho que decidir. Tenemos mucho por hacer… aún.







Si un día me preguntaran: “¿Se considera usted monárquico o republicano?”. Muy probablemente respondería lo segundo. Y no porque tenga nada en contra de la actual monarquía española, en absoluto. Sencillamente porque desde mis profundas convicciones democráticas, me parece rematadamente retrógrado pensar que un hombre tiene derecho a ser Jefe de Estado por poseer la consaguinidad con el antecesor. Nadie puede rebatirme el hecho objetivo que implanta la lógica, que para optar a este importante derecho, deben cumplirse importantes deberes.






























