Me gusta ver a la gente reírse, me aburren los trascendentales y los que están enfadados con el mundo, y me aburren los que se quejan de las pocas oportunidades que da la vida, y los que no consiguen satisfacer sus necesidades con nada y los que dicen que sólo ellos hacen bien las cosas. Conozco a tanta gente triste que a veces rezo al dios que no creo para no encontrármelos continuamente, porque cada vez que estoy delante de uno de ellos raramente me contagian su tristeza sino odio por todo lo que representan y yo no quiero odiar a nadie ni siquiera a mis mayores enemigos que los tengo y varios. Como sigamos así la sonrisa va a ser un valor que cotice en bolsa, me decía a mí mismo mientras miraba para Cortés y en su brazo derecho apoyado en el hombro derecho de su mujer, y volvió el viejo Telefunken y me acordé que en el barrio el primer televisor que hubo fue el que compró Antonio el practicante, y por tanto me vino a la mente otra vez Tonecho y me vinieron sus palabras raras (no jugaba al Peletre sino a la Rayuela, era un tipo raro mi amigo Tonecho) sus frases sesudas, sus desvaríos, pero sobre todo me acordé de la muerte tan repentina que le tocó en suerte y me cagué en lo puta que es la vida. El alma a veces habla, o por lo menos a veces hablamos con el alma y de ahí nos salen frases distintas a las esperadas porque raramente esperamos algo de nosotros mismos. Ocurre que fallamos tantas veces que no admitimos ninguna presión externa. Fallamos a la gente que más nos quiere. Fallamos sin que nada cambie nuestra postura ni nuestra libertad. Yo fallé y pedí perdón pero al principio sólo era una palabra. Perdón. Dicha así hasta es fea. Después le fui dando contendido, se me fue llenando la boca con ella, pero la gracia no está en pedir perdón, eso lo hace cualquiera, la gracia está en aceptarlo desinteresadamente porque la persona que te lo da es de tu interés, de tu necesidad, y aceptando tu perdón te abraza hasta el límite de sus creencias aunque los dos sabéis que nunca más podrá volver a confiar en ti. El perdón no refuerza la confianza sino que la mitiga. Y tú lo sabes y lo admites. Fallamos con demasiada frecuencia y siempre lo hacemos a quien no debemos. Fallamos porque no queremos mostrar sentimientos, no queremos desnudarnos, no queremos mostrar la vulnerabilidad de nuestros actos y nos disfrazamos con la coraza dura e impermeable que da una realidad que no representa a nadie ni a nada. Y a todo eso le llamamos madurez. Supe que Tonecho estaba enfermo pero no tuve huevos a aparecer por el hospital para darle un abrazo, para que me comentase si la pirámide que su padre le había traído de Egipto le hablaba o simplemente se quería quedar conmigo (ahora me quedaré con esa duda el resto de mi vida); también quería preguntarle por la tienda de animales de su hermano y de cómo la iba la vida a Teriña y de paso también le preguntaría si conocía a Cortés y si a él le había arreglado alguna vez su Telefunken, y también me gustaría poder decirle que si ahora estoy escribiendo esta paparruchada es porque una parte muy importante de mí es mi infancia (a lo mejor es la única) y por lo tanto quien pobló mi infancia me hizo a mí tal y como soy, con defecto y con virtudes, con verdades y con mentiras, y como él es parte de mí aunque ni el ni yo lo sepamos, él (y otros tantos) le pertenecen por derecho a mi memoria ( y yo a otros, espero y creo) y por lo tanto nunca sé en donde ponerlos, pienso que le fallé a mucha gente, a demasiada, también pienso que fallé a Tonecho en vida y esto no deja de ser una respuesta a mi cobardía, todo es tan fácil de explicar como difícil de vivir, si visitase a Tonecho en su lecho de pre-muerte yo no hubiese escrito todo esto, no hubiese perdido el tiempo en intentar plasmar lo primero que me viene a la cabeza y nadie perdería su precioso tiempo en leer estas letras (y podrían hacer otras cosas que por culpa de estos renglones han aparcado en su quehacer diario) que no conducen a nada ni tienen certeza ni moraleja, ni tienen intención de ser algo y sólo pretenden salir de mí con el único animo de vaciar las falsas conexiones, esas que nos hacen ver a Cortés follándose a su mujer mientras un viejo Telefunken en blanco y negro emite la carta de ajuste y en el tocadiscos de mis padres suena la voz de Amaya cantando el Tómame o déjame, pero no me pidas que te crea más, cuando llegas tarde a casa no tienes porque inventar pues tu ropa huele a leña de otro hogar y Tonecho se reía cuando yo entonaba esos acordes en el patio trasero hacia donde desembocaban nuestras respectivas viviendas y después yo le preguntaba a mi madre que significaba aquella canción y mi madre, la pobre, me explicaba como podía la canción pero no me decía toda la verdad porque todavía yo era un niño y ella me callaba cantando otra canción y yo me reía, me reía mucho y por eso ahora me gusta cantar y que la gente se ría y debí ir al hospital a junto Tonecho para cantarle, para pedirle una sonrisa en su rostro escondido en la piel pegada a los huesos, debí decirle que ya entendí el significado del Tómame o déjame, y debí abrazarlo y decirle que entre los renglones torcidos de un idiota que aparca el coche en los lugares apartados de las carreteras para encender el portátil y ponerse a escribir sin que nadie le moleste, hay alguien que piensa en las cosas que un día no fue capaz de decir y que después se le fueron quemando el alma por no tener el coraje de enfrentarse a una realidad vestida con el pálido rostro de una enfermedad que empezó con un dolor en el pecho y acabó con un cáncer en estado terminal.

Al lado de la tienda de animales de Migueliño hay un pequeño taller de reparación de electrodomésticos que se llama igual que su dueño: Cortés, y justo ayer, mientras paseaba con mi hijo de un año por el medio de la ciudad, vi al tal Cortés, aquel chico (que ahora es un señor) que nos arreglaba la televisión en los años en que las cosas antes de tirarlas y cambiarlas por otras más nuevas se intentaban arreglar. En mi casa siempre fuimos muy dados al arreglo. Mi madre como es modista, arreglaba las viejas camisas de mi tío para mí aunque después los bolsillos del pecho me quedaran en la ingle. También arreglaba mis pantalones cosiendo dos rodilleras de escai del mismo color para que me duraran un poco más. Después vinieron los tiempos modernos y ya no hacía falta coser las rodilleras, simplemente aplicándole un golpe de plancha de calor se quedaban agarradas de por vida. Mi abuelo nunca tiró un electrodoméstico sin haberle visto primero las tripas. Desmenuzaba todo y cogía las piezas que él consideraba útiles y las guardaba en un baúl en donde también tenía unos rublos de cuando había estado en Rusia con la División Azúl y unas balas que nunca usó. Ahora que me acuerdo mi madre también me compraba unos zapatos dos números mayores para que me sirviesen para el año siguiente y debe ser por eso por lo que ahora ando arrastrando lo pies, lo peor es que esas cosas vienen pegadas en el genoma y por eso sigo comprando los zapatos con dos números más, debe ser que aún conservo la esperanza de crecer unos cuantos centímetros para el año que viene. De pequeño yo crecía con las enfermedades. Mira que estirón pegó Nachiño con esta gripe. Mi mente siempre fue deductiva por eso hubo días en que me apetecía crecer, entonces me desnudaba el pecho y me iba a la calle en pleno invierno con el único pretexto de agarrar una gripe que me hiciese crecer un par de centímetros más. Mi abuelo intentaba arreglar todo desde la paciencia y mi padre desde la fuerza. Para haceros una idea, mi padre al martillo le llama destornillador de presión, y así clava los tornillos, a golpetazos de martillo. En casa, cuando los electrodomésticos se veía que no tenían muy buena pinta, o bien los descuartizaba mi abuelo y lo almacenaba por piezas, o bien se llamaba a Cortes como última solución antes del cementerio. A mi padre no se le dejaba ni olerlos. Cortés también nos arregló el tocadiscos que tenían mis padres en casa de mis abuelos un día que la aguja saltaba el surco continuamente. Yo lo había intentado pegándole una peseta para en el cabezal de la aguja, buscaba darle peso, pero no conseguí nada. Ahora dicho tocadiscos (hostia que pedante me acaba de salir esto) está en mi trastero (el peor de los inventos, simplemente es un paso previo a un contenedor, aquello que debemos tirar lo acumulamos en el trastero hasta que un día ya no puedes entrar y en la limpieza llenas uno o dos contenedores mientras juras y perjuras que nunca más lo volverás a hacre ) y yo no sé que hacer con él porque es muy grande y se escucha más bien mal, para que vamos a engañarnos, lo que ocurre es que me trae muy buenos recuerdos y soy incapaz de poner los discos que escuchaba cuando era pequeño en otro tocadiscos.

Cuando encontré a Cortés iba andando por la calle con su mujer. Le pasaba el brazo derecho por los hombros y al ser ella más alta a él no le quedaba otro remedio que ir dando saltitos para equilibrar el paso. Tuve una novia que me gustaba mucho. Se fue con un portazo. Algún día me negarás como Pedro, le decía yo después de hacer el amor y mientras le acariciaba la espalda, y ella callaba y miraba hacia la espesura del infinito. Sabía que iba a ocurrir y así ocurrió. Era más bajita que yo y le gustaba andar con zapatos de tacón alto. A veces le hacía el amor con los zapatos puestos y lo hacía por fetichismo comparativo y no por placer propio. Los tacones me daban más o menos igual. Por la calle me daba la mano. Eres el primero de mis novios al que le doy la mano para andar por la calle. A mi me gusta ir de la mano, me da la sensación de seguridad, de sosiego, de equilibrio. Nada es lo que se siente ni siquiera sentimos lo que debemos en cada momento. Como sus piernas eran más pequeñas que las mías nunca coincidíamos en el paso y yo de cada cuatro pasos cambiaba dos para seguir a su ritmo. Show down, you move to fast. No me digas eso que no sé lo que significa que yo soy de francés. Somos una amalgama de ideas que se cruzan y se anudan sin ningún tipo de hilo argumental. Podemos estar en la peor de las situaciones y tener la mente en un paraje totalmente idílico y también podemos hacer justo lo contrario. Podemos estar haciendo el amor con la persona que un día soñaste, mientras imaginas como será la vida el día que ella decida dejarte. A Cortés se le veía contento con su semimelena al viento mientras andaba a saltitos. Siempre tuvo melena, antes era caracolada hasta los hombros y ahora se queda en rizada hasta la nuca. La edad limita la libertad, sólo es buena para dejar frases que expliquen la frustración y a eso le llamamos madurez. Siempre me cayó bien Cortés, además del tocadiscos también nos arregló el viejo Telefunken de mis abuelos. Estuve un rato caminando detrás de él y me fueron viniendo los recuerdos y a la vez la mente se iba por recovecos injustificados, me fijé en el culo de su mujer, me los imaginé haciendo el amor con los zapatos puestos y de fondo el Telefunken emitiendo la carta de ajuste, los imaginé muertos y abrazados con una risa bobalicona en la cara, los veía contentos y felices volando con sus alitas y todo por el camino hacia el cielo y también veía a Dios esperándole con un televisor estropeado al que se le fundió una lámpara esperando su llegada para que se lo arreglase y me acordé del tocadiscos de mis padres, y además pensaba que mientras estaba pensando en él y en su mujer, él no podía ni siquiera intuir que alguien lo iba vigilando, él no sabía ni intuía absolutamente nada, no sabía que yo iba detrás de él persiguiéndolo, atosigándolos con mis pensamientos, urdiendo imágenes sueltas en mi cerebro con él de protagonista, pensaba, a la vez, en todo lo que él nunca podrá llegar a saber de mí, e instintivamente miré hacia atrás por si había alguien que en esos momentos me pudiese hacer lo mismo a mí, en ese instante también yo podría ser el inicio de un pasatiempo menor, una imagen provocadora e instigadora de pensamientos abstratos y libres, alguien podía estar cazando al cazador, pero me tranquilicé enseguida al comprobar que nadie me perseguía aunque sabía que eso no significaba nada, podían estar pensando de esa manera en mí sin necesidad de verme, pero entonces me volví a centrar en los saltitos abrazadores de Cortés y de repente me cayó mucho mejor que antaño, en ese momento caí en la cuenta que desde siempre lo vi paseando con su mujer, y desde siempre lo recordaba con una sonrisa en la cara, y en su caso en vez de resultar una sonrisa bobalicona, que es lo que dirían la mayoría de las personas que viesen, Cortés transmite ilusión por vivir la vida a base de abrazos matrimoniales y besos reparadores de televisores en el cuello de su amada que resultó ser su mujer y esposa.

Tonecho siempre me soltaba frases muy raras. Un día me dijo: yo no soy yo, evidentemente. Yo creo que se las copiaba a su padre que era muy listo. En el barrio se decía que Antonio el practicante era tan listo que hasta sabía inglés, y decir aquello no era como cuando mi abuelo decía “ese sabe latín”, sino que era mucho más y lo que es mejor, era un saber que no sólo se intuía sino que también se podía comprobar. En la taberna de Tito Meijueiro había apuestas sobre la sapiencia de Antonio el practicante. Él era tímido, callado y reservado, pero de vez en cuando también le gustaba dejarse caer en el bar a tomarse una chiquita que era un vino repugnantemente ácido en una taza pequeña y casi nunca limpia. A mi me gustaba el vino rosado y mi abuelo me dejaba mojar los labios y me daba aceitunas y cacahuetes que mi abuelo llamaba manises. Antonio era tan tímido que parecía eternamente acobardado y cuando andaba daba la sensación de que lo hacía de puntillas para no molestar. Tere, su mujer, decía que verlo era una cosa muy simpática, pero convivir con él era otra cosa muy distinta porque para una mujer con su temperamento, la convivencia con Antonio se hacía muy difícil y es que Antonio el practicante era el típico genio que vivía en su mundo y se olvidaba que también había este. Un día, cuando yo apenas tenía seis años, lo encontré desesperado buscando su coche porque no sabía en donde lo había aparcado. Cuando se lo conté a su hijo Tonecho riéndome como un imbécil, él bajó la mirada, dio media vuelta y me dejó sin frase antológica con la cual ahora yo podría adornar estas líneas. Pero lo que yo no sabía es que Tonecho sabía que los despistes de su padre no eran tan sólo despistes, había algo más que después se encargó de llevarlo a la tumba previo paso por una silla de ruedas y dos años encamado en una cama con pajita en el vaso para poder comer. Al menos, pienso, Tonecho se ahorro esto último, porque lo suyo fue rápido y sin concesiones a los despidos. Llegado el momento y por pedir, yo prefiero que me den tiempo para ir despidiéndome uno a uno de mis amigos. A los enemigos no les daría ni la oportunidad de llorar por mi entereza si es que la tuviera o tuviese que de las dos formas se puede decir. Digo yo que el paso previo a la muerte es el único momento que uno se puede permitir el lujo de dar consejos aunque este simplemente fuese que no se debe dar consejos a nadie. A mis hijos, sin ir más lejos les tendría tantas cosas que decir que mañana mismo empiezo por si no me da tiempo, o sea, que no les diré nada como siempre. A mi mujer no me quedará otro remedio que mirarla a los ojos y pedirle perdón por las lágrimas derramadas por alguien que no merecía la pena y que resultó tener mi rostro. Ojala que para ese día mis padres hayan ya cumplido su trámite, no me gustaría pasar por el trago de dejarlos en vida, unos padres no deberían nunca enterrar a un hijo. Ayer por la tarde tuve una bronca con ellos como nunca la tuve en mi vida con nadie. Después de pedirles perdón, pasé la peor noche de mi vida. !Qué injusto fui! Ahora estoy pensando en que hacer con el hombre de la historia que no voy a escribir. Está claro que tiene que volver a aparecer la figura de Sonia pero pensaba hacerlo como un espectro onírico en su vida cotidiana y pensaba en qué cosas se necesitan olvidar para hacerte la vida más feliz. Admito sugerencias.

Antonio se había quedado calvo muy pronto y nunca dió una palabra más alta que otra. En inglés buenos días se dice guzmornin y todos en el bar asentían. Podía haber dicho lo que le viniese en gana, pero como era tan poco presumido y su falta de vanidad era de sobra conocida, todos daban por bueno su traducción simultánea sin dudar lo más mínimo. La hermana mayor de Tonecho se llamaba Teriña. La llamaban así porque su madre era Tere y porque esto es Galicia, y por eso se quedó con lo de Teriña hasta bien cumplido los treinta. Ya hace años que Teriña es Tere y Tonecho murió siendo Toño e incluso para algunos Antonio. Teriña tenía muy mal carácter y conmigo se enfadaba mucho. Era muy bajita y en el colegio sacaba muy buenas notas, todos decían que había heredado la inteligencia del padre y la mala leche de la madre, aunque a decir verdad, también se decía en el barrio que la mala leche de Tere le venía porque solía acompañar un vaso de vino con una botella de vodka. Para bajito de toda la familia resultó el pequeño de los tres, Migueliño, un rubio espabilado que ahora vende peces y tortugas y hace fotos muy bonitas de los viajes que hace por África, aunque una vez me dijo que lo que tenía claro es que no pensaba ir nunca a Egipto. En su tienda de animales tiene un cartel que pone que no se admiten devoluciones de los animales vendidos y yo cada vez que lo leo me imagino a la gente devolviendo a sus hijos a los hospitales trascurridos 15 años porque ya no les divierten las payasadas que hacen. A Miguel yo le di catecismo en la etapa en la que pensaba que dios tenía soluciones para todo y que yo simplemente era un problema muy pequeño para su gran sapiencia. A mis padres solo les falta poner un plato vacío en la mesa para que se siente dios a comer con ellos, él está en sus vidas con tanta fe como vacío en la mía. Yo soy un ateo practicante, o sea, un ateo ATS y cuando me encuentro con alguien que me admite la idea de dios, lo paso directamente al grupo de los imbéciles. Este texto me esta quedando demasiado largo y todavía no dije porque se titula Caleidoscopio ni porque los dioses sueñan con figuras de colores. Está claro que estos días ando muy espeso.

Tampoco estaba preparado el hombre de mi historia olvidadiza para olvidar todo lo que le hacia daño y quedarse con lo bueno, no estaba preparado porque nadie en este mundo está preparado para que le ocurran ciertas cosas en la vida, por mucho que uno haya vivido o imaginado nadie puede llegar a suponer que el final de un camino empiece un día que te sientas en las escaleras que acceden a un cine y en ese justo momento se desprenda una loseta del quinto piso, te caiga en la cabeza y te saquen del suelo con los pies por delante. Eso le ocurrió a un amigo mío una tarde de febrero después de la primera sesión, la sesión de las 5:15, porque antes en los cines de mi ciudad sólo había 3 sesiones y en Radio Pontevedra cuando anunciaba la cartelera, el horario era una retahíla repetida sin cesar: hoy en el cine Malvar, El coloso en llamas, con Steve Mc Queen y Paul Newman, en sesiones de: 5:15, 7:45 y 10:30. Y era siempre así: 5:15, 7:45 y 10:30. Si por un casual ponían Lo que el viento se llevó (y lo que el culo aguantó, decía mi padre a modo de copla graciosilla haciendo referencia a la duración de la película y a la incomodidad de aquellas butacas del cine Malvar) la cosa cambiaba y casi siempre suprimían la segunda sesión. Igualmente ocurría si ponían Ben Hur. Y aquí quería yo llegar, porque yo, de pequeño, quería ser Ben Hur (creo que todavía quiero serlo) yo quería (y quiero, repito) estar en esa carrera de cuadrigas, remando en galeras al son de los tambores y visitando a mi hermana y a mi madre en el valle de los leprosos (lo siento por ellas pero mi fama tiene un coste y ahí es en donde ellas lo van a pagar). Cada vez que emiten Ben Hur en una de los cientos de cadenas que habitan en mi televisor y si por un casual zapeando llego a ella, me da igual en que punto se encuentre la película porque lo que es seguro es que la veré hasta el final, sin embargo la que nunca veo hasta el final es Espartaco porque no me gusta ver a los gladiadores crucificados por los caminos mientras la bella, dulce y eternamente sensual Jean Simmons miraba a los ojitos de Kirk Douglas (el padre de Maikel Daglas) y se juraban amor eterno. No hay derecho que una película termine así, la vida de un esclavo no debe terminar empalado a una estaca. También me acuerdo de Tony Curtis bañando a Sir Laurence Olivier en una escena borrada por la censura porque ambos insinuaban que les gustaba comer ostras y caracoles o por lo menos así se sugería el pedante sir al imberbe Tony Curtis un actor que pasará a la historia por haber hecho Espartaco, Con faldas a lo loco y las tetas de su hija, que siempre fueron espectaculares como las de Sonia, aquella novia del protagonista de mi historia. Me gusta tanto Espartaco que me niego a ver el final, me queda muy mal cuerpo, me siento fatal y he llegado a pasar dos noches enteras sin dormir. Los esclavos también tienen derecho (quizás más) a un futuro feliz, y debía ser por eso por lo que pensé durante mucho tiempo ponerle de nombre Judá al primer hijo que tuviese, eso era lo que yo decía, en honor a Judá Ben Hur, pero está claro que hay muchas cosas en la vida que no se pueden prever por muchos escenarios que uno se imagine, al final todo resulta más sencillo y a la vez más enrevesado, así que mi hijo se llama Felipe, pero no porque yo quiera sino porque hay cosas en la vida que es imposible predecir, repito. Después de dejar a su novia por vía del olvido perpetuo en alguna zona de su cerebro, el protagonista de esta mi historia que nunca escribiré, se sintió aliviado porque ya no necesitó volver a acordarse de su rostro para poder vivir sin ella, por olvidarse se olvidó de todos los rincones de su exrelación que es como mandan los cánones que hay que olvidar para olvidar de verdad y que deje de doler. Meses más tarde cuando ya pensaba que todo había sido un desliz neuronal pasajero con final feliz para con su soliloquio, se sentó en la mesa de oficina de su puesto de funcionario, y al encender el ordenador no fue capaz de escribir su contraseña. Lo intento una, dos y cuando falló la tercera, le pidió ayuda a un compañero para que llamaran a mantenimiento, el ordenador se había bloqueado. Mientras esperaba al técnico en cuestión, le apareció en la pantalla apagada la imagen de una playa tropical con música de ukelele en manos de Israel Kamakawiwo. La imagen era de Punta Cana la música del Mago de Oz. Reconoció aquella playa porque había ido con Ana a disfrutarla un frío mes de diciembre en España y caluroso en el caribe. Sabe bien descansar, pero sabe mejor cuando piensas que mientras tú tienes el culo al sol, tus amigos las están pasando putas con la lluvia y el frío. Somos tan sencillos, somos tan comparativamente felices que damos asco. Debería vivir moviéndome a la velocidad del verano para vivir siempre con calor, podría decir el protagonista del relato que no escribiré, y así terminaría ese capítulo si no fuera porque de las aguas tropicales surgía una y otra vez Sonia con tetas de Jamie Lee Curtis (la hija de Tony Curtis, el que bañaba a Sir Laurence Olivier) en el cuerpo de Ursula Andrés con caracola de mar y minúsculo bikini, y él mismo no era él mismo sino alguien parecido a Sean Connery en fardahuevos negro y andar de pantera, y el maestro no aparece si el alumno no está preparado me dijo Tonecho, y el técnico no aparecía en el despacho y como sin querer pero queriendo el protagonista de mi historia en un arrebato de ira, arrancaría el ordenador de la mesa y lo tiraría por la ventana con el único acompañamiento de las miradas asombradas de sus compañeros que durante al menos quince segundos despertarían de su letargo. Después se despediría con un sonoro portazo y no volvería a pisar aquella oficina en la que desembocó su vida dos años y medio después de una oposición preparada concienzudamente. La historia estaba a punto de empezar.

No sólo me da vergüenza decir que escribo, también me da vergüenza decir que le tengo miedo a la muerte. Creo que por años y por lógica, ese dilema debería estar superado, aunque lo cierto es que no logro moverme del mismo sitio del que empecé hace mucho tiempo, y lo que peor es que cada día que pasa me descubro pensando en la puta muerte con inusitada frecuencia, parsimoniosa decadencia y penoso desenlace. La última víctima fue Tonecho, debe ser por eso por lo que ahora me acuerdo de aquellas sus frases de chiquillo resabido, de niño pera. Parece que murió con la misma tranquilidad que siempre utilizó en su vida, eso me lo dijo mi madre que fue al funeral y también me dijo que el cuñado de Tonecho leyó una carta muy emotiva sobre él contando que se había enfrentado a la muerte con la misma tranquilidad y resignación con la que vivió toda su vida, sin molestar ni al aire. Está de moda esto de andar leyendo cartas en los funerales recordando al muerto en cuestión. A todos nos mueve el morbo, la sensiblería barata y el descubrimiento de los sentimientos de alguien que sabemos no se va a sonrojar. Que pasaría si el que leyese la carta se cagara en los muertos del muerto en cuestión, valga la redundancia. Estas cosas son cosas de los curas y esa hipocresía que llevan asociados a las putas sotanas. Tampoco pasaba nada, digo yo, si contáramos cosas bonitas de la gente en vida para que tuviesen algún tiempo parra disfrutarlas. No quiero curas yo en mi entierro, ni iglesias, ni crucifijos en las esquelas, ni cartas de mis amigos, ni mierdas por el estilo, yo quiero música, quiero la batería inexorable de Gene Krupa avanzando por el Sing, sing, sing. A lo mejor Tonecho antes de morir tampoco le dio mucha importancia al hecho en sí de la muerte, a lo mejor pensaba que como no la sentía dejaría de sufrir y así dejó de sentir y como él sólo hacía lo que sentía, no pudo morir en vida porque nunca lo iba a sentir. Creo que me lié. A mí no me preocupa mi propia muerte, ni siquiera el dolor previo al proceso si lo hubiese, a mí lo que más me va a joder va a ser la cantidad de cosas que deje aquí sin cita previa. Somos tan poca cosa que solamente nos da tiempo a intentar entendernos a cada uno de nosotros y sin embargo no vamos más allá que tópicos manidos en un ascensor hasta el quinto piso. Tonecho era mi amigo de barrio. 3 años mayor que yo pero diez centímetros más bajo. A cierta edad nos iguala más la estatura que los años. De pequeño, Tonecho era el niño más guapo del barrio, pero nunca jugaba a fútbol, él se sentaba en el zaguán de su casa y se quedaba mirando para nosotros con una mezcla de solvencia y tristeza. No juego a fútbol porque no lo siento, yo necesito sentir la tierra y vosotros sólo le dais patadas a un balón. Eso me lo dijo a mí con siete años y todavía no entiendo lo que me quiso decir ni de donde sacaba esas frases. Su padre, Antonio, era practicante que en aquellos días era como se llamaba a los enfermeros que después fueron ATS. Él y su mujer, Tere, habían ido a Egipto cuando viajar era un lujo asiático y Egipto existía solamente en las primeras páginas de los libros de historia. De aquellas tierras trajeron dos pequeñas esfinges pisapapeles y una pirámide de hierro que Tonecho siempre llevaba en la mano porque decía que podía oír como le hablaban los dioses egipcios. Fue por esta vía como Egipto entró en mi vida, un destino soñado pero imposible de alcanzar, un paraíso terrenal y prohibido hasta de pensar, Egipto y el Nilo era para mí como Disneylandia y Mickey para la mayoría de los niños de mi generación. Pocas veces me dejó Tonecho la famosa pirámide, pero las pocas veces que lo hizo y por mucho que yo pegaba la oreja al vértice superior de la figurita en cuestión (un día casi rompo el tímpano), nunca pude oír ni dioses egipcios, ni aguas del Nilo, ni rabos de gaita, y el día que le dije que me mentía, que de allí no salía ningún ruido ni ninguna voz, Tonecho me miró a los ojos y muy enojado me dijo: el maestro sólo aparece cuando el alumno está preparado.

Me da vergüenza decir que escribo. Seguramente está relacionado con mi forma de pensar, creo que la literatura no vale para nada y por lo tanto lo que escribo es una inmundicia extrema. Bueno, estoy pensando que una cosa no tiene nada que ver con la otra, se puede pensar por separado, aquí no hay silogismo posible, pero si pensase que la escritura es buena y yo lo hiciese bien, a lo mejor no me daría tanta vergüenza decir que lo hago, pero como dudo mucho de mí, como dudo de lo que escribo y sobre todo como dudo de que alguno de mis párrafos aguanten un mínimo juicio crítico, me cierro y encierro en la ligereza que cualquier pensamiento abstracto pueda contener. La modestia es un exceso de orgullo dice mi abuelo. Entonces, ¿por qué cojones sigo escribiendo? La escritura no me da el placer que aventuraba Borges aunque me imagino que de vez en cuando me apetece escribir sin más. Borges tiene muchas frases, como Oscar Wilde, aunque yo pienso que se les atribuye a ellos más que a ninguno porque suena muy culto y porque nadie te las pueda negar. También las frases graciosas parecen que son todas de Groucho y las de sexo o de religión de W. Allen. Tonecho una vez me dijo: sólo hago lo que siento. Casi nunca entendía las cosas que me decía. Yo era muy pequeño o esa era la excusa que yo pondía, pero ahora que ya soy mayor tampoco consigo entenderlas. Estoy pensando que en el trance de la escritura podría inventarme un alter ego con nombre y todo, un Henry Chinaski cualquiera, borracho, melancólico, taciturno, gruñón, vago, misántropo y ya que me pongo listo, inteligente, guapo, mujeriego... Cada uno es muy libre de inventarse como quiera. Aún así estoy seguro de que no lograría ningún éxito, nadie en su sano juicio daría importancia a un gallego de medio pelo con ascendencia al vaciado barroco en la escritura y a la vagancia exacerbada en la vida, alguien que no sabe interpretar una frase como “sólo hago lo que siento”. Nadie hablaba así, nadie excepto Tonecho. Este texto que estoy empezando a escribir temo que me va a salir pesado, lo estoy intuyendo, a veces no hace falta ser listo para aventurar el futuro, sigo pensando en el valor de la intuición frente al juicio medido de la lógica, sigo pensando que hay cosas que no controlamos y que nos hacen más humanos, más irracionales, mas normales, pero ese era el momento en que tendría que actuar y ocurre que en vez de actuar se me da por pensar y entonces la cago. Tengo yo una historia a medio escribir. Se trata de un tipo al que se le olvidaban las cosas que le habían supuesto dolor en su vida, sobre todo las historias de amor, sin embargo recordaba lo vivido y o lo que en algún momento le había provocado placer. Lo tenía yo encerrado en un piso, porque él mismo estaba aturdido y preocupado por todo lo que estaba viviendo. Empezó olvidándose una mañana del nombre de su novia, una mujer que lo traía por la calle de la amargura y que seguía con ella porque le daba cansancio imaginar que tenía que enfrentarse a ella. Otros a eso le llaman miedo. Un día, de repente, no pudo acordarse como se llamaba la mujer que tenía delante de él. No le dio excesiva importancia, un lapsus mental, cosas de la edad, tonterías pasajeras. Al cabo de dos horas ya no sabía ni donde vivía. Decidió ir al médico por urgencias, se veía con un Alzeheimer o algo peor, pero los médicos le diagnosticaron una salud de hierro y en los test de inteligencia y concentración quedaron abrumados por el nivel que dio. Stress. Eso fue lo que le dijeron que tenía, pero al salir de la consulta él se encontraba muy tranquilo pero ya no era capaz de imaginar la cara de su novia (a estas alturas antigua novia), y sin saber porqué le vino a la memoria un número de teléfono con la cara de su primer amor adulto, Sonia, primero de la facultad, morena, bajita y grandes pechos. En aquella época no había móviles, y el número que él asociaba a la cara de Sonia empezaba por un 616, así que era imposible que se pudiese acordar de algo que nunca había sabido. Llamó por curiosidad y se encontró con la voz suave y aterciopelada de aquella su amor, Sonia, primero de la facultad, morena, bajita y grandes pechos …

Cuesta deshacerse del personaje, no es fácil matarse sin más. Para variar no tengo ganas de casi nada, aunque por no tener no tengo ni tiempo ni ideas, pero el muy cretino, el personaje en cuestión, a veces me susurra cosas al oído y aunque continuamente hago oídos sordos, hoy se me ha dado por darle una bocanada de aire, pero bueno, me imagino que si lo hago es por que no me gusta nada ir a los entierros aunque estos sean de mentira. Mañana no sé si podré seguir respirando sin más, seguir hacia delante como el que no quiere la cosa. Me imagino que sí, solemos ser demasiados poéticos en las formas y muy poco condescendientes con la realidad en el fondo. Si el alma sabe de disculpas también sabe de perdones, así que le pido me perdone por estas líneas que se me están escapando. Las lamentaciones son un sentir que me cuesta sentir y cada día que pasa me gusta más pasear en silencio y menos hablar y aunque no sé a que viene a cuento decir todo esto, está claro que por ahí deben andar los tiros del inicio de estas líneas. Admito que la escritura me sirve como una forma de poner en orden ciertas ideas que andan por la cabeza sin saber que las tenía y me sigo sorprendiendo cuando soy capaz de escribir cosas que nunca antes ni siquiera había logrado pensar. De todas formas en la mayoría de los casos no sirve para nada. Mi sentir con la escritura es la misma que con la literatura, una simple forma de malgastar el tiempo, sin más. Mi madre me daba bocadillos de mortadela, de nocilla o de de tulipán con azúcar. Cuando quiero acercarme a mi infancia me compro un trozo de pan y le pongo unas lonchas de mortadela sin aceitunas. El olor y el sabor de ese bocadillo funciona como la máquina del tiempo de H.G.Wells y me retrotaen hacia mi infancia con acalorado impulso recordador. El otro significado del verbo retrotraer es fingir que algo sucedió en un tiempo anterior a aquel en que realmente ocurrió. Fíjate tú si al final simplemente es eso y no mis recuerdos reales.

Cabe pensar que si todos fuéramos iguales las cosas se simplificarían mucho. También es fácil creer que todo lo que ocurre a nuestro alrededor no es más que una idea aproximada de la entelequia en la que convertimos nuestras vidas. Cada día nos cruzamos con cientos de personas que nunca más volveremos a ver y cada una de ellas guarda historias que se pudrirán en el medio de un ataúd de pino. Ahora está de moda la incineración, el ser humano es tan poco solidario con la naturaleza que hasta quiere romper la cadena alimenticia y en vez de dejar que las cosas se pudran para alimento de los anélidos en general, prefiere encerrar los restos de polvo en una urna y colocarla encima del televisor para sustituir al tan cacareado torero y folclórica sobre tapete de ganchillo o en su defecto de calceta. Mi madre hacía unos tapetitos de ganchillo muy bonitos que colocaba por toda la casa, y aún hoy es el día que se empeña en regalarme cada nochebuena uno de esos paños para la mesilla de noche. Dicen que las mesillas de noche dicen mucho de la gente. No podemos creer todo lo que nos dicen, ni tampoco lo que dicen las mesillas de noche. Cuando recuerdas los momentos vividos y los intentas escribir mientes como un bellaco porque no puedes ser fiel con el pasado como tampoco puedes ser objetivo con el presente. Yo le decía mi madre que me enseñara a ganchillar y a lo máximo que llegué fue al punto bobo que el propio nombre ya indica lo suficiente del individuo que lo intenta en cuestión. Las mesillas de noche acumulan objetos de uso puntual y privado. En la de mis padres descubrí por vez primera una caja de condones. La mía tiene de todo, una especie de cajón desastre que no de sastre.

Mi abuela todavía me reconoce, aunque cada vez que ve a uno de mis hijos se arma un revuelo mental que nunca sabe si son míos, si son mis ahijados o si simplemente son unos vecinos. Mi madre se empeña en repetirle las cosas para que las pueda entender y lo hace a grito pelado. El Alzheimer no la dejó sorda, mamá. Ella no entiende que por mucho que se empeñe, mi abuela ya no va a entender lo que mi madre quiere que entienda. A veces mi abuela se pone triste, mira hacia el infinito y me dice entre dientes que está cansada y que ya tiene ganas de irse sin más. Otras veces llora en silencio.

Hoy el personaje que odio y que ya no soy, me susurró estas líneas. Mañana me olvidará y me dejará sin la mínima intención de volver porque lo conozco como si lo pariese. Juega conmigo con la misma desgana que mi abuela se levanta cada día, pero aunque yo ya no soy aquel que se convirtió en quien no era, reconozco que me cuesta mucho matar lo que el tiempo pasado fue creando en mí.

Ne me quitte pas
Il faut oublier
Tout peut s'oublier
Qui s'enfuit déjà
Oublier le temps
Des malentendus
Et le temps perdu
A savoir comment
Oublier ces heures
Qui tuaient parfois
A coups de pourquoi
Le coeur du bonheur
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas

Moi je t'offrirai
Des perles de pluie
Venues de pays
Où il ne pleut pas
Je creuserai la terre
Jusqu'après ma mort
Pour couvrir ton corps
D'or et de lumière
Je ferai un domaine
Où l'amour sera roi
Où l'amour sera loi
Où tu seras reine
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas

Ne me quitte pas
Je t'inventerai
Des mots insensés
Que tu comprendras
Je te parlerai
De ces amants là
Qui ont vu deux fois
Leurs coeurs s'embraser
Je te raconterai
L'histoire de ce roi
Mort de n'avoir pas
Pu te rencontrer
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas

On a vu souvent
Rejaillir le feu
D'un ancien volcan
Qu'on croyait trop vieux
Il est paraît-il
Des terres brûlées
Donnant plus de blé
Qu'un meilleur avril
Et quand vient le soir
Pour qu'un ciel flamboie
Le rouge et le noir
Ne s'épousent-ils pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas

Ne me quitte pas
Je ne vais plus pleurer
Je ne vais plus parler
Je me cacherai là
A te regarder
Danser et sourire
Et à t'écouter
Chanter et puis rire
Laisse-moi devenir
L'ombre de ton ombre
L'ombre de ta main
L'ombre de ton chien
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas

Ne me quitte pas
Il faut oublier
Tout peut s'oublier
Qui s'enfuit déjà
Oublier le temps
Des malentendus
Et le temps perdu
A savoir comment
Oublier ces heures
Qui tuaient parfois
A coups de pourquoi
Le coeur du bonheur
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas

Moi je t'offrirai
Des perles de pluie
Venues de pays
Où il ne pleut pas
Je creuserai la terre
Jusqu'après ma mort
Pour couvrir ton corps
D'or et de lumière
Je ferai un domaine
Où l'amour sera roi
Où l'amour sera loi
Où tu seras reine
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas

Ne me quitte pas
Je t'inventerai
Des mots insensés
Que tu comprendras
Je te parlerai
De ces amants là
Qui ont vu deux fois
Leurs coeurs s'embraser
Je te raconterai
L'histoire de ce roi
Mort de n'avoir pas
Pu te rencontrer
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas

On a vu souvent
Rejaillir le feu
D'un ancien volcan
Qu'on croyait trop vieux
Il est paraît-il
Des terres brûlées
Donnant plus de blé
Qu'un meilleur avril
Et quand vient le soir
Pour qu'un ciel flamboie
Le rouge et le noir
Ne s'épousent-ils pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas

Ne me quitte pas
Je ne vais plus pleurer
Je ne vais plus parler
Je me cacherai là
A te regarder
Danser et sourire
Et à t'écouter
Chanter et puis rire
Laisse-moi devenir
L'ombre de ton ombre
L'ombre de ta main
L'ombre de ton chien
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas

Me gustó desde el instante previo a verla por primera vez. Son esas cosas que ocurren una vez en la vida aunque después nadie te cree cuando las cuentas. Era flaca, era muy flaca y en su casa, en vez de televisión, tenía una pecera llena de pececitos de colores. Dan más compañía, me dijo. Estoy comiendo con mi amigo Fernando. El restaurante se llama La pecera y huelga decir que en su interior hay una pecera muy grande. Eso se llama originalidad. Me viene la imagen de la flaca con su bolso en bandolera mientras mi amigo Fernando me empieza a contar la historia de un amigo suyo que la semana pasada murió con menos de 38 años, y lo mejor que le pudo pasar, me dice, fue que la palmara en menos de un mes desde el momento en que le descubrieron el puto tumor cerebral porque su vida era un puto desastre. Eso me lo dijo antes de que nos pusieran el pincho de tortilla, después el pidió jurelitos fritos y yo bacalaos rebozaos. Mi madre solía ponerme bacalaos rebozaos para cenar y yo los comía a pares y con un chorrito de limón mientras ella siempre decía: te conozco bacalao aunque vengas “rebozao”. La chica que nos atendió no entendió mi broma y creo que Fernando tampoco. Tengo un primo que no tiene pecera pero desde hace varios años luce una tremenda espinilla en un lateral de la nariz. No soy capaz de hablar con él sin que me entren unas ganas enormes de apretar la espinilla con todas mis fuerzas. Muchas veces me tengo preguntado como él no se la ve en ningún espejo, como no se la intenta quitar, como no se la aprieta hasta la extenuación. Seguro que si se la quita adelgazaría medio kilo. Yo me quito espinillas y todo tipo de granos en el espejo del ascensor de mi casa, al fin y al cabo si ponen un espejo en un lugar tan cerrado será para que te puedas acicalar un poco los días que llevas prisa, así que, yo considero hasta cierto punto normal quitarme las espinillas en el ascensor. También tengo un amigo, un conocido más bien, que le nacen tres pelos, ni uno más ni uno menos, en la punta de la nariz, y no estoy hablando de unos pequeños pelos, no, yo hablo de unos señores pelos negros, exactamente tres pelos largos y negros, muy negros. Este conocido, ya digo que no es un amigo, es un tipo de buena planta, tez morena, ojos negros, barba recortada y siempre viste con una americana de pana negra, pero su característica más importante, se mire por donde se mire, son esos tres pelos negros en la punta de la nariz que estorban cualquier mirada por muy miope que esta sea como es mi caso. Yo no sé hasta que punto es educado decirle a mi primo y a éste conocido, que deberían quitarse la espinilla y esos tres pelos, y en estos momentos me vienen a la memoria la espinilla de mi primo y los pelos de este conocido porque mientras me estoy comiendo estos bacalaos rebozaos, mi amigo Fernando luce un trozo de pimiento rojo en el incisivo superior, y como además él es de los que ríe mucho, no hace otra cosa que mostrarme el puto trozo de pimiento rojo una y otra vez, y yo a estas horas ya no sé para donde mirar. Sigue contando Fernando la historia de su amigo, y me cuenta como un año antes su mujer le había dicho que su segundo hijo no era suyo sino del jefe de ella, y aunque a mí en esos momentos me estaba poniendo nervioso el trozo de pimiento rojo en los incisivos de mi amigo Fernando, reconozco que me interesó la historia por el morbo en cuestión. Está claro que hay historias que por muchos pimientos rojos que se te peguen en la retina no puedes olvidar, como tampoco me puedo olvidar de la imagen de la flaca esperándome en la puerta de una catedral a las dos de la mañana con un porro en la mano y una mirada perdida en la noche. Aquel día no me atreví a besarla y por ello paseamos por una ciudad con muralla mientras un coche de la policía nos vigilaba de cerca. Por ese no beso que no di a esa chica que me gustó mucho antes de que la conociera, pasó de no ser nada a ser una amiga a la que le cuento cosas. Esa misma noche mientas me contaba lo de su pecera, yo no me atreví a decirle que me gustaba mucho. Tampoco ella me dijo nada. Quizás fue mejor así. Ahora Fernando se pone a hablar por teléfono y con su lengua repasa los incisivos superiores. Parece ser que algo ha encontrado pero no es capaz de sacarlo, así que ni corto ni perezoso mete la uña del dedo meñique de la mano izquierda (con la derecha sujeta el móvil) y desprende sin dificultad el trocito de pimiento rojo.

Yo ya no quieron ni mirar para él en estos momentos tan personales, así que me levanto y me voy a mirar los peces de la pecera antes de preguntarme a donde pudo ir a parar ese trocito de pimiento rojo en cuestión, pero al llegar a la pecera me encuentro que está llena de peces tan rojos como el pimiento rojo pegado en los dientes de mi amigo Fernando. También hay un cofre de tesoro por donde asoman unas monedas de oro, un buceador con su escafandra y todo y una turbidez de agua que me devuelve mi propia imagen pensando si la flaca estará viendo los mismos peces rojos que ahora estoy viendo yo.

A menudo pienso si entre los restos del día hay algo que se pueda sonsacar con cierto interés, con cierta satisfacción, con cierto optimismo. Me cepillo los dientes delante de un gran espejo de baño en donde puedo verme de cuerpo presente con las arrugas entorno a los ojos y las canas ganando terreno. Es ahí en donde repaso el día. Me suelo ver con mucha crítica y cada día me gusto menos. Estoy desnudo y me cuelgan los michelines en estereo. Los días terminan así, con mi imagen metida en el espejo y el cepillo de los dientes en mi boca. En los fondos de los estanques bailan peces en primavera, y yo me quedo tan tranquilo sabiendo que todos los días se mueren esos peces a mi alrededor . Mi abuelo cogía las lombrices para pescar en las orillas del mar y después las guardaba en una cestita con algas para que no se le secaran. Íbamos a pescar los dos, él con las cañas y yo con el bocadillo de mortadela. Me preguntaba poco y yo hablaba mucho. Cada día repaso cosas que no sé porqué se me pegaron en mi memoria. Frases de amigos, de compañeros, de conocidos, recuerdos que no vienen al caso. Suelo leer poco y cada día un poco menos, debe ser por eso por lo que me nutro de lo que me cuentan y da alguna que otra cosa de las que no sé porqué me acuerdo. Me gusta presumir de amigos que saben mucho y que a su vez no presumen de nada. Me salen contextos a borbotones sin entender de donde nacen, frases que aparecen sin permiso y que ocupan mis propias limitaciones sin mayor pretensión que poner parches a mis agujeros. Cada vez que se muere un profesor de los que tuve cuando era un crío, abro una botella de champán y brindo para que se pudra en las miserias de su propia mierda. No les perdono. No soy rencoroso, apenas tengo enemigos aunque yo sí sé que para muchos soy un tipo con poca clase. El domingo pasado me insultaron con fuerza y ganas, me soltaron a la cara muchos exabruptos que ni siquiera soy capaz de escribir. No digo yo que no los mereciera, digo simplemente que me los soltaron sin venir a cuento. Deberían estar escondidos y aprovecharon que se dieron las circunstancias para salir a toda velocidad contra mi careto. Me está bien empleado. Por la tarde mi abuelo me dio 50 euros. Le costó sacarlos de la cartera no por tacañería sino por parkinson. Así acabaremos todos si un accidente de coche o un cáncer terminal no lo impiden. En las manos de mis hijos veo la fuerza que un día tendrán, y en los ojos de mi mujer la preocupación por si algo sale mal. Hay esperanza entorno a un cepillado de dientes, la esperanza se mide en base a las alegrías que despiertas: la única medicina que cura la vida es la risa. Mi abuelo no se quiere morir, está en su derecho. Mi abuela dice que no sabe que pinta en este mundo, que se la lleve dios de una maldita vez, sin dolor y sin ruido. Hace y dice bien, está en su derecho. Mi otra abuela está pero ya no está, y yo le doy besos y ella me confunde con un hijo que le murió con apenas 5 meses. A menudo pienso que hay cosas más bellas de las que somos capaces de ver, me sigo maravillando por la vida que llevan las células, el trabajo de una hormiga, la elaboración de la miel en una colmena, el crecer de los árboles y que de las zarzas salgan moras, y no entiendo como las ortigas se pueden comer. Y después me enjuago la boca y me voy para cama con el propósito de leer y no paso de la segunda página cuando el sueño me vuelve a vencer. A la mañana siguiente las prisas ya no me dejan tiempo para pensar. De mi trabajo no rescato nada, ni siquiera me divierte. Es difícil entender porque cuando me cepillo los dientes delante del espejo del baño me salen estas frases con las que comenzar a escribir. A María la amé antes de que ella supiese que yo existía. Después vienen la realidad y todo acaba antes de empezar. Está claro que mi vida está llena de momentos que no merece la pena rescatar, tiempo para no pensar.

Miguelito el melenas se está quedando calvo. Ayer, mientras sacaba la ropa de la lavadora me vino un aroma que me encendió la memoria. Delante de la casa de mis padres había una tienda de ultramarinos, un lugar en donde lo mismo podías comprar una pastilla de jabón lagarto, una hoja de bacalao y un sujetador talla imposible. En difuntos vendían velas. El propietario se llamaba Germán y tenía un ojo de cristal, por eso nosotros en el barrio le llamábamos ojo revuelto. Miguel era muy guapito y tenía una melena muy ensortijada, muy rubia. En aquellos años yo le tenía un poco de envidia porque sus padres estaban separados y su padre le compraba todo lo que quería. En su pulso vi el primer reloj digital de mi vida. Era totalmente negro y al darle a un botoncito aparecían los números en rojo. Todos hacíamos corro entorno a Miguelito el melenas. Ahora es vecino mío, tiene dos niños y lo único que conserva de aquel pelo son cuatro pelos en forma de tapa nuca. Son los demás los que nos hacen sentir el paso del tiempo. Yo pensaba que ella usaba una colonia cara, un perfume francés, una esencia única y especial. Resultó ser el suavizante de la ropa. Lo descubrí ayer cuando sacaba la ropa de la lavadora. Cambié de suavizante porque el que usaba ya no estaba de oferta y a mí esas cosas me dan más o menos igual. Nunca conseguí que en las toallas recién lavadas, secas y planchadas, rebotara el puto osito Mimosín, así que una vez decepcionado con el experimento, buqué el más barato. Después me alegré de que la semana pasada no hubiese ninguno de oferta. Mira tú, era el suavizante lo que guardaba mi pituitaria. Josefa, una compañera de mi madre, es de una aldea cercana a Pontevedra. Fui hija de unos polvos que el señorito de la aldea le regalaba a su madre. No contento con una hija le hizo dos, y después ya no volvió a visitarla. Ella salió pequeña, menuda, pero todo nervio. Sus brazos son como maromas de barco y su frente despejada y llena de nobleza. Rompió la única foto de la primera comunión, estaba horrible, me dijo, pero creo que lo que tenía era una terrible envidia de la vecina de la casa de al lado, que era rubia, como lo era Miguelito el melenas, y además ella tenía un padre y una madre. Ahora me quedé sin fotos de la primera comunión, y mis hijas y mis nietas se ríen siempre que le cuento esa historia. Mi madre me dio un bofetón por romper la única foto que a ella tanto le costó tener, en cambio a Miguelito el melenas se la dio la vida cuando descubrió el cuerpo de su padre bailando de una viga del trastero de la oficina en donde trabajaba. El padre de Miguelito el melenas hizo lo mismo que Jose Antonio S.F. el primero de mis compañeros de EGB que decidió dejar este mundo. Teníamos 15 años, estábamos en primero de BUP y él prefirió no llevar las notas de la primera evaluación a casa. Después vinieron 2 más. A Pablo R.S. lo pillo un cáncer de hueso faltándole 2 cursos para terminar Económicas, y a Juan I. I. la vida le regaló de premio final de carrera el último episodio de una leucemia que lo traía por la calle de amargura en las horas de gimnasia de la escuela. A partir de ahora empezaremos a caer como moscas. Ya entramos en edad. Germán ojo revuelto, cerró los ultramarinos cuando empezaron a aparecer los supermercados, todos sucumbimos al encantó de coger las cosas con nuestras propias manos sin esperar a que nos atendiesen. Creíamos que aquello era el progreso. Ahora yo prefiero ir a las tiendas pequeñas, a Clara la carnicera le pido el solomillo de la parte delantera, Paquita la pescadera siempre me guarda el rodaballo más grande, caprichos de mi paladar, y Jose el de la frutería, selecciona los kivis con los que desayuno desde que decidí ponerme a régimen. Llevo perdidos 6 kilos y voy al baño como un reloj. Pero a pesar de comprar en estas pequeñas tiendas, sigo yendo al supermercado y sigo acordándome de ojo revuelto y acabo como todo el mundo, comprando lo que me hace falta y picando en aquello que no necesito para nada. Gracias a ello cogí el suavizante equivocado que después resultó ser el acertado. En esta última semana me lavé la ropa más de seis veces al día y compré seis botes más por si acaso. La chica de la caja no sabía si había alguna oferta y miró y revisó el precio por si pasaba algo raro. Es que tengo que lavar la ropa de verano. Y llevamos casi 3 meses lloviendo...

El día que me falte la memoria tendré que leer esto, no vaya a ser que pueda despertar alguna neurona atravesada. Somos sólo recuerdos que a veces se unen sin ningún tipo de conexión. Somos, como me dijo Pepe en la plaza central de Praga, pura mierda cósmica.

En cuestión de belleza es muy difícil escribir, o por lo menos yo no tengo palabras para definir lo que normalmente me seduce. Está claro que toda escritura es una descripción falaz de la realidad ya que por muy realistas que nos pongamos, siempre tamizamos con nuestro prisma la esencia de todas las cosas según nuestros propios criterios, según nuestros propios intereses. Si eso lo hacemos con lo que nos gusta, no hace falta decir nada cuando tenemos que expresar lo que nos disgusta. Está claro que todo lo escrito es mentira, y escribir (y por tanto leer) historias novelescas, sólo vale para pasar el rato (en el mejor de los casos), nada diferente a pasarse horas con una playstation o beber hasta reventar con tres amigos con unos naipes como excusa. La mayoría de las veces la lectura de un libro sólo nos vale para presumir que lo leíste y poco más. Puro engreimiento hueco.

Yo apenas me vanaglorio de lo que conseguí en esta vida, para ser sincero me suelo arrepentir varias veces de muchas cosas que hice, y de las que no hice, aunque en estos momentos no lo entienda, seguro que hubo algo que me impulsó a no hacerlo y por lo tanto bien hecho no está. Me parece de una vanidad excesiva afirmaciones tipo: yo sólo me arrepiento de lo que no he hecho, y no tanto por no haber hecho el no hecho en sí, sino por dar por supuesto que todo lo que ha hecho ha estado bien. Claro que a partir de aquí podríamos empezar a definir que es lo que está bien y lo que está mal, y esa puta diferencia nos lleva ocupando más de dos mil años de conjeturas ético-filosóficas y yo aquí ni tengo espacio ni tengo ganas, ni tengo ni puta idea, para que mentir.

No siempre las historias se pierden en la niebla de un aeropuerto de Casablanca. No todas terminan con la benevolencia del destino ni con la eterna idiosincrasia de un gallego melancólico. Hay algunas que terminan por abatimiento, por aburrimiento, por desidia, por hastío, pero parece que ésas nadie las quiere escribir aunque todos hemos padecido de ellas y con ellas. Hay historias que al terminar uno resopla diciendo, menos mal, y otras que por no terminarlas a tiempo, se van languideciendo hasta terminar cenando en silencio en cualquier restaurante de moda. Eso es lo peor. Pero también hay historias que nunca empezaron y por eso se guardan en algún sitio del cerebro con la ilusión de que puedan llegar a prender. Historias que aunque plantaron no germinaron y eso no significa que la semilla haya muerto. A veces tengo el presentimiento y la sospecha, de que aquella mujer que me pidió en el aeropuerto que le escribiera quería de mí algo más que mis letras, pero como el destino nos separó unos cuantos miles de kilómetros, tendremos que esperar a que el mismo destino nos vuelva a unir, y en caso de que no ocurra, agarrarse a mi abuela cuando me decía: lo que no viene no conviene. Amén.

Hace apenas unos meses, un antiguo amor de los de verdad, de los de lloros con lágrimas como fundas de guitarra cuando nos tuvimos que decir adiós, apareció en una noche de una ciudad que está llena de golpes de campanas. Como no nos sorprendimos porque ya lo habíamos vivido, decidimos no pasar a la acción del deseo y del sexo y darle otra oportunidad al destino por si acaso el azar había jugado con el propio destino, así que, pensamos, si nos vuelve a unir, está claro que aquí hay algo y no lo debemos dejar marchar. Al día siguiente en mi retirada y en su retirada nos encontramos retirados. Nos reímos y sin hacer nada supimos que aunque la vida nos regaló vidas distintas ambos nacimos para encontrarnos. Por eso hay historias que pase lo que pase, siempre terminan bien, pero, como la belleza, nunca sé como escribirlas.

Había una vez una encantadora muchacha que vivía con un gato anónimo. Nunca son pocas veces, siempre me apetece verla una y otra vez, sobre todo en esos días en los que no me apetece nada más que tirarme en el sillón viendo las horas pasar, y entonces me acerco a la ventana y miro por el hueco de las escaleras de incendios, y en esos momentos intento creer en dios, y me encantaría que ese dios me recoja los papeles sucios del suelo que siempre empiezo creyendo en sueños, y que después me llevara hacia ese sueño en forma de guitarra y voz de A. Hepburn arrastrando las sílabas con suave melancolía, y sería feliz si en esos momentos mi ciudad fuese Nueva York, una ciudad que la primera vez que la pisé ya sabía que había estado allí miles de veces, y por eso no paré de mirar hacia los lados para ir situando todos los lugares que ya conocía pero que mi mente desproporcionaba, y miré por cada hueco de escalera de cada edificio para ver si entre ellos encontraba a una muchacha con el pelo envuelto en una toalla cantando con una guirarra una triste canción de amistad, pero sólo sonaba mi imaginación y nunca nadie me dijo que el Río de la Luna era más ancho que una milla, ni tampoco perseguí, con mi amigo Huckleberry, el final de un arcoiris, porque de ese sueño aun nunca me dormí.

http://www.youtube.com/watch?v=_aU02NIFdQM

Yo no leo mucho. La verdad es que leo más bien poco, además, mis lecturas son totalmente desordenadas, mezclo todo y nunca sé contextualizar nada, por eso me gusta que los libros tengan fotos, así por lo menos intento ligar lo que leo con una imagen y de esa manera conseguir que algo se me quede pegado a las meninges. El domingo 20, en la página 60 en el periódico El País, había un reportaje sobre las mujeres y los hombres en los medios de comunicación, en concreto el titular era el siguiente: Tele de mujeres, radio de hombres. Yo no lo iba a leer, porque el reportaje lo acompañaban con varias fotos y ninguno de los que aparecía me entusiasma, pero empezaba el texto diciendo: cuestión de sexo, y eso, se mire por donde se mire, siempre anima a seguir leyendo ( y más a mí), y por eso titulé este post con la misma frase, para animarme a mí a seguir escribiendo y para que pique algún que otro con el temita, pero siento reconcocer que el que espera encontrar algo de sexo en este post puede dejarlo aquí ahora mismo que hoy no toca.

Bueno me voy a dejar de gilipolleces tan arraigadas a mi personalidd. El texto en cuestión, venía a decir más o menos, que las mujeres dominan la parrilla de las mañanas en la televisión y los hombres las mañanas en la radio. A partir de ahí toda una serie de conjeturas sobre el público que habita estos medios y con las opiniones de varios de los protagonistas y acompañando estas opiniones, las susodichas fotos: cinco hombres ( Carles Francino –empiezan por el de casa-, Luis del Olmo, Carlos Herrera, Juan R. Lucas y Federico Jiménez Losantos) y cuatro mujeres (Pepa Bueno, Concha García Campoy, Susana Griso y Ana Rosa Quintana).

Bueno hasta aquí todo normal. Pero lo que ocurrió fue que me seguí fijando en las fotos y de repente me di cuenta de que en dichas fotos, las cuatro mujeres (que ninguna es una cría) están muy guapas, joviales, pero sobre todo estaban sonriendo y enseñando los dientes. Algunas más y otras menos, pero las cuatro lucían una dentadura superior generosa, blanca, amplia, casi perfecta, mientras que por parte de los hombres a ninguno se les veía sonriendo abiertamente, no se atisbaba en sus bocas ni un ligero toque blanco marfileño de siquiera un triste incisivo, ni una risa, y eso sí, todos tenían una imagen de hombres muy serios, muy preocupados con la realidad social, dando la sensación de que todos y cada uno de ellos cargan con el pesado peso del estado en las espaldas de la misma manera que Muñoz Molina carga con el peso de la historia de los nazis y los judíos.

Podríamos sacar unas cuantas conclusiones más analizando cada una de sus caras, relacionarlas con el medio al que pertenecen y pasadas por el tamiz de mis propias opiniones al respecto, pero eso tampoco sería justo además de cansado y muy aburrido para mí.

Yo sólo me quería quedar con los estereotipos. Está claro que en la tele las mujeres tienen que transmitir seriedad (si no presentan un concurso, ofcors) y por ello las eligen maduras, nada de niñas ni chicas, tienen que pasar los cuarenta, y además tienen que dar guapas en pantalla, que conserven bien la piel, reconocidas profesionales en sus mundos laborales pero a la vez su imagen tienen que ser impecable, joviales y que rocen la eterna juventud. Ellos no. A los hombres no nos hace falta ser guapos, aunque muchos opinaran que Francino es un hombre guapo, y que Carlos Herrera tiene sus fans, pero yo no creo que Jiménez Losantos quite el hipo a muchas señoras en este país. Está claro que a los hombres la cosa se nos pone más fácil, no hace falta ser B.Pitt, tener la piel de uno de 20 con casi 50, poseer un corte de pelo actual y una contínua imagen fresca. Como conclusión llegué a la siguiente: a los hombres -por lo menos a los de esas fotos- se les presume la inteligencia, mientras a las mujeres para poder demostrarla, antes tienen que estar buenas.

A lo mejor todas esas fotos fueron una simple coincidencia. Pero a lo mejor no. A lo mejor es fácil decir que ellos están en la radio y no se les ve, y la imaginación es más poderosa que la realidad, pero a lo mejor el machismo no sólo son cuatro gritos en casa y aquí mando yo y sí otros conceptos muy sutiles que se filtran diariamente por cada una de las rendijas de la sociedad y que nos obliga a comportarnos de una manera distinta a la que quisiésemos. A lo mejor el machismo no sólo se demuestra con un sueldo menor en las empresas por el mismo trabajo y sí con la presión de estar guapas todo el día. A lo mejor sí que hace falta un ministerio de igualdad aunque yo al principio les llamé putos demagogos. A lo mejor este post es una tontería y simplemente está aquí porque no tenía nada que decir, y en vez de estar calladito, se me dio por mirar unas fotos en un periódico, pero a lo mejor tengo algo de razón y eso ya me jode.

En general yo soy un tipo muy payaso. Mi sentido del ridículo lo dejé abandonado entre los barrotes de la cuna. Nani Moretti se ponía bailar en el medio de la calle mientras Silvana Mangano contorneaba su escultura por la pantalla de un viejo televisor en blanco y negro. Yo tengo que reconocer que por sacar alguna sonrisa, muchas veces me he pasado siete pueblos con la lengua y he jugado tanto al límite que muchas veces falté al respeto, y lo hice sin intención, pero, lo hice y si soy sincero tendré que admitir que en esos momentos me divierto mucho, casi tanto como después me averguenzo.

Bailando por medio de la calle al sonido imaginario de un tango, cantando cuando a uno le apetece sin importarme quien me puede estar oyendo, jugando por las aceras con el primer balón que se cruce en mi camino, besar sin importarme en donde estoy ni quien me estará viendo.

Me encanta esta escena

http://www.youtube.com/watch?v=OmKxcRd37Yk