
Nunca había sentido tanta emoción por unas elecciones americanas como en esta ocasión. Jamás tanta espectación. Ni tanta esperanza.
Mañana puede que se marque un hito en la historia de los EEUU. Por un lado, se finaliza uno de los peores gobiernos de todos los tiempos, según historiadores americanos. Dos guerras en dos años, nula capacidad diplomática (recrudecimiento de la relaciones con Irán, Venzuela, Rusia y aumento de la tensión entre Israel y Palestina), y una crisis económica acompañada de la tan temida recesión, desdibujan toda la labor llevada a cabo por George Bush en ocho años. Su popularidad ha caído en picado, rechazado por el 70% de los americanos, abriendo las puertas de la victoria a los demócratas, y de la Casa Blanca.
Barack Hussein Obama se perfila como el próximo presidente de los Estados Unidos de América, según todos los sondeos americanos. No puedo negar que la obamamanía me ha arrastrado irremediablemente. Cuando estaba en Inglaterra, Obama empezó a perfilarse como candidato demócrata a la lucha por la Casa Blanca. Una emocionante carrera en la que sorteó brillantemente a Hillary Clinton, y se convirtió muy pronto en la llave del cambio tan deseado en América.
No voy a negar que siento ya admiración por Obama. Nacido en Honolulu (Hawai, 1961), estudió Ciencia Políticas en la Universidad de Columbia y Derecho en Harvard, siendo un alumno brillante. Abogado y antiguo profesor de Derecho Constitucional, empezó su carrera política como organizador comunitario en áreas empobrecidas de Chicago destacando en el proyecto VOTE que facilitó la inscripción en el censo electoral a miles de personas. En enero de 2003 presentó su candidatura a la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, y fue elegido como miembro del Senado en 2004.
Ahora Obama se enfreta al mayor reto, convertirse en presidente de los EEUU. Su estratosférica carrera, sin embargo, no estuvo exenta de problemas y dificultades. Fue relacionado con terroristas, acusado de islamista (cuando él se ha confesado múltiples veces cristiano) y poco más que de comunista.
A pesar de toda la publicidad negativa llevada a cabo por el partido republicano, Barack Obama ha salido reforzado gracias a su ecuanimidad, aplome y serenidad, resistió las envestidas y respondió con prosa y lirismo, a través de una retórica impecable.
No sé si habéis leído su libro, “La Audacia de la Esperanza”, una oda a su país, a la democracia y a los derechos de sus ciudadanos. Con bella y ligera prosa, es capaz de hilar su biografía con la su país, desgranar con sutileza la Constitución, ahondar en los valores y la fe de los ciudadanos, o abordar el tema racial sin levantar ampollas. Me encanta sumergirme en cada capítulo y descubrir la grandeza del sistema político americano, sin descuidar sus grandes retos y defectos. Sin duda realiza una perfecta disección del Estado americano y de su sociedad.
En su libro, su posicionamiento es demócrata, pero tiende su mano a los republicanos. Harto de la polarización no sólo de la política, sino también de la sociedad, argumenta que el único modo de alcanzar acuerdos es mediante la empatía, el preguntarse “¿cómo te sentirías si tú fueras el otro?”. Evalúa sus racionamientos, y el de sus contrincantes. No emite juicios, plantea ideas y debate opiniones. Impresiona leer sus reflexiones, porque sería difícil imaginar que proceden de un político. Critica al partido conservador, del mismo modo que a los demócratas. Habla de unir a los americanos bajo un mismo ideal: mejorar su país.
Estoy fascinado. Lo sé. Y no lo puedo evitar. Tal vez tenga depositada demasiada esperanza, demasiada obamamania en mi alma, que me empuja a pensar que sí, que quizás esta vez, los americanos opten por el cambio, un cambio real y deseado. Para mejorar EEUU. Para mejorar el mundo. Tenemos fe. No perdamos la esperanza.
¡Viva Obama!
ACTUALIZACION: Morreu a avóa materna de Obama, enferma de cancro, xusto un día antes das eleccións americanas. Descanse en paz.




Si un día me preguntaran: “¿Se considera usted monárquico o republicano?”. Muy probablemente respondería lo segundo. Y no porque tenga nada en contra de la actual monarquía española, en absoluto. Sencillamente porque desde mis profundas convicciones democráticas, me parece rematadamente retrógrado pensar que un hombre tiene derecho a ser Jefe de Estado por poseer la consaguinidad con el antecesor. Nadie puede rebatirme el hecho objetivo que implanta la lógica, que para optar a este importante derecho, deben cumplirse importantes deberes.





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